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	<title>Cuentos Infantiles</title>
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	<description>Nuevos Cuentos Todos los días</description>
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		<title>El Mago de Oz</title>
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		<pubDate>Fri, 08 Oct 2010 02:16:15 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Macarena</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Dorita era una niña que vivía en Kansas con sus tíos y su perro Totó. Los dos se divertían de lo lindo en la granja y todos los querían mucho, excepto una vecina a la que no le gustaba nada los perros. Un día, la niña escuchó que querían atrapar a su perrito y quiso [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Dorita era una niña que vivía en Kansas con sus tíos y su perro Totó. Los dos se divertían de lo lindo en la granja y todos los querían mucho, excepto una vecina a la que no le gustaba nada los perros.<br />
Un día, la niña escuchó que querían atrapar a su perrito y quiso huir. Pero en ese momento se acercaba un tornado y, al salir corriendo, la niña tropezó y se golpeó en la cabeza.<br />
La casa salió volando, y los tíos vieron desaparecer en el cielo a Dorita y su perro.<br />
Viajaron sobre una nube mientras las tejas y las ventanas salían despedidas. Dorita y Totó se abrazaban esperando a que pasara el peligro.<br />
Al aterrizar, unos extraños personajes acudieron a recibirlos y un hada, respondiendo al deseo de Dorita de volver a casa, le aconsejó:<br />
- Lo mejor es que vayáis a visitar al mago de Oz.<br />
- No conozco el camino &#8211; replicó.<br />
- Seguid siempre el sendero de baldosas amarillas.<br />
En el camino, se cruzaron con un espantapájaros que quería un cerebro y un hombre de hojalata que deseaba un corazón, y juntos se dirigieron a Oz. Más tarde, de entre la maleza salió un león rugiendo débilmente, pero se asustó con los ladridos de Totó. Quería ser valiente, así que él también decidió acompañarles a ver al mago.<br />
Cuando por fin llegaron, un guardián les abrió el enorme portón. Ellos le explicaron la razón de su visita y entraron en el país de Oz, en busca del mago de Oz, en busca del mago que había de solucionar sus problemas.<br />
Explicaron sus deseos al mago, que les puso una condición: acabar con la bruja más cruel del reino.<br />
Al salir, pasaron por un campo de amapolas y cayeron en un profundo sueño. Los capturaron unos monos voladores, que venían de parte de la bruja.<br />
Cuando Dorita vio a la bruja, sólo se le ocurrió arrojarle a la cara un cubo de agua. Y acertó, pues la bruja empezó a desaparecer hasta que su cuerpo se convirtió en un charco de agua.<br />
Mientras, le contaban al mago cómo todos, excepto Dorita, habían visto cumplidos sus deseos al romperse el hechizo de la bruja, Totó descubrió que el mago no era sino un anciano que se escondía tras su figura.<br />
El hombre llevaba allí muchos años pero ya quería marcharse. Para ello había creado un globo mágico.<br />
Dorita decidió irse con él&#8230; Durante la peligrosa travesía en globo, su perro se cayó y Dorita saltó tras él para salvarle. Y en su caída soñó con todos sus amigos y oyó cómo el hada le decía:<br />
- Si quieres volver, piensa: en ningún sitio se está como en casa.<br />
Y así lo hizo. Cuando despertó, oyó gritar a sus tíos y salió corriendo. ¡Todo había sido un sueño! Un sueño que ella nunca olvidaría&#8230; ni tampoco sus amigos. </p>
<p><strong>Frank Baum</strong></p>
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		<title>La ratita presumida</title>
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		<pubDate>Fri, 08 Oct 2010 02:02:48 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Macarena</dc:creator>
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		<category><![CDATA[andersen]]></category>
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		<description><![CDATA[Érase una vez, una ratita que era muy presumida. Un día la ratita estaba barriendo su casita, cuando de repente en el suelo ve algo que brilla&#8230; una moneda de oro. La ratita la recogió del suelo y se puso a pensar qué se compraría con la moneda. “Ya sé me compraré caramelos&#8230; uy no [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Érase una vez, una ratita que era muy presumida. Un día la ratita estaba barriendo su casita, cuando de repente en el suelo ve algo que brilla&#8230; una moneda de oro.<br />
La ratita la recogió del suelo y se puso a pensar qué se compraría con la moneda.<br />
“Ya sé me compraré caramelos&#8230; uy no que me dolerán los dientes. Pues me comprare pasteles&#8230; uy no que me dolerá la barriguita. Ya lo sé me compraré un lacito de color rojo para mi rabito.”<br />
La ratita se guardó su moneda en el bolsillo y se fue al mercado. Una vez en el mercado le pidió al tendero un trozo de su mejor cinta roja. La compró y volvió a su casita.<br />
Al día siguiente cuando la ratita presumida se levantó se puso su lacito en la colita y salió al balcón de su casa. En eso que aparece un gallo y le dice:<br />
“Ratita, ratita tú que eres tan bonita, ¿te quieres casar conmigo?”.<br />
Y la ratita le respondió: “No sé, no sé, ¿tú por las noches qué ruido haces?”<br />
Y el gallo le dice: “quiquiriquí”. “Ay no, contigo no me casaré que no me gusta el ruido que haces”.<br />
Se fue el gallo y apareció un perro. “Ratita, ratita tú que eres tan bonita, ¿te quieres casar conmigo?”. Y la ratita le dijo: “No sé, no sé, ¿tú por las noches qué ruido haces?”. “Guau, guau”. “Ay no, contigo no me casaré que ese ruido me asusta”.<br />
Se fue el perro y apareció un cerdo. “Ratita, ratita tú que eres tan bonita, ¿te quieres casar conmigo?”. Y la ratita le dijo: “No sé, no sé, ¿y tú por las noches qué ruido haces?”. “Oink, oink”. “Ay no, contigo no me casaré que ese ruido es muy ordinario”.<br />
El cerdo desaparece por donde vino y llega un gato blanco, y le dice a la ratita: “Ratita, ratita tú que eres tan bonita ¿te quieres casar conmigo?”. Y la ratita le dijo: “No sé, no sé, ¿y tú qué ruido haces por las noches?”. Y el gatito con voz suave y dulce le dice: “Miau, miau”. “Ay sí contigo me casaré que tu voz es muy dulce.”<br />
Y así se casaron la ratita presumida y el gato blanco de dulce voz. Los dos juntos fueron felices y comieron perdices y colorín colorado este cuento se ha acabado.</p>
<p><strong>Hans Christian Andersen &#8211; Dinamarca</strong></p>
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		<title>El cometa</title>
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		<pubDate>Mon, 04 Oct 2010 21:59:52 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Macarena</dc:creator>
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		<category><![CDATA[cometa]]></category>
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		<description><![CDATA[Y vino el cometa: brilló con su núcleo de fuego, y amenazó con la cola. Lo vieron desde el rico palacio y desde la pobre buhardilla; lo vio el gentío que hormiguea en la calle, y el viajero que cruza llanos desiertos y solitarios; y a cada uno inspiraba pensamientos distintos. -¡Salgan a ver el [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Y vino el cometa: brilló con su núcleo de fuego, y amenazó con la cola. Lo vieron desde el rico palacio y desde la pobre buhardilla; lo vio el gentío que hormiguea en la calle, y el viajero que cruza llanos desiertos y solitarios; y a cada uno inspiraba pensamientos distintos.<br />
-¡Salgan a ver el signo del cielo! ¡Salgan a contemplar este bellísimo espectáculo! -exclamaba la gente; y todo el mundo se apresuraba, afanoso de verlo.<br />
Pero en un cuartucho, una mujer trabajaba junto a su hijito. La vela de sebo ardía mal, chisporroteando, y la mujer creyó ver una viruta en la bujía; el sebo formaba una punta y se curvaba, y aquello, creía la mujer, significaba que su hijito no tardaría en morir, pues la punta se volvía contra él.<br />
Era una vieja superstición, pero la mujer la creía.<br />
Y justamente aquel niño estaba destinado a vivir muchos años sobre la Tierra, y a ver aquel mismo cometa cuando, sesenta años más tarde, volviera a aparecer.<br />
El pequeño no vio la viruta de la vela, ni pensó en el astro que por primera vez en su vida brillaba en el cielo. Tenía delante una cubeta con agua jabonosa, en la que introducía el extremo de un tubito de arcilla y, aspirando con la boca por el otro, soplaba burbujas de jabón, unas grandes, y otras pequeñas. Las pompas temblaban y flotaban, presentando bellísimos y cambiantes colores, que iban del amarillo al rojo, del lila al azul, adquiriendo luego un tono verde como hoja del bosque cuando el sol brilla a su través.<br />
-Dios te conceda tantos años en la Tierra como pompas de jabón has hecho -murmuraba la madre.<br />
-¿Tantos, tantos? -dijo el niño-. No terminaré nunca las pompas con toda esta agua.<br />
Y el niño sopla que sopla.<br />
-¡Ahí vuela un año, ahí vuela un año! ¡Mira cómo vuelan! -exclamaba a cada nueva burbuja que se soltaba y emprende el vuelo. Algunas fueron a pararle a los ojos; aquello escocía, quemaba; le asomaron las lágrimas. En cada burbuja veía una imagen de lo por venir, brillante, fúlgida.<br />
-¡Ahora se ve el cometa! -gritaron los vecinos-. ¡Salgan a verlo, no se queden ahí dentro!<br />
La madre salió entonces, llevando el niño de la mano; el pequeño hubo de dejar el tubito de arcilla y las pompas de jabón; había salido el cometa.<br />
Y el niño vio la reluciente bola de fuego y su cola radiante; algunos decían que medía tres varas, otros, que millones de varas. Cada uno ve las cosas a su modo.<br />
-Nuestros hijos y nietos tal vez habrán muerto antes de que vuelva a aparecer -decía la gente.<br />
La mayoría de los que lo dijeron habían muerto, en efecto, cuando apareció de nuevo. Pero el niño cuya muerte, al creer de su madre, había sido pronosticada por la viruta de la vela, estaba vivo aún, hecho un anciano de blanco cabello. «Los cabellos blancos son las flores de la vejez», reza el proverbio; y el hombre tenía muchas de aquellas flores. Era un anciano maestro de escuela.<br />
Los alumnos decían que era muy sabio, que sabía Historia y Geografía y cuanto se conoce sobre los astros.<br />
-Todo vuelve -decía-. Fijaos, si no, en las personas y en los acontecimientos, y se darán cuenta de que siempre vuelven, con ropaje distinto, en otros países.<br />
Y el maestro les contó el episodio de Guillermo Tell, que de un flechazo hubo de derribar una manzana colocada sobre la cabeza de su hijo; pero antes de disparar la flecha escondió otra en su pecho, destinada a atravesar el corazón del malvado Gessler. La cosa ocurrió en Suiza, pero muchos años antes había sucedido lo mismo en Dinamarca, con Palnatoke. También él fue condenado a derribar una manzana puesta sobre la cabeza de su hijo, y también él se guardó una flecha para vengarse. Y hace más de mil años los egipcios contaban la misma historia. Todo volverá, como los cometas, los cuales se alejan, desaparecen y vuelven.<br />
Y habló luego del que esperaban, y que él había visto de niño. El maestro sabía mucho acerca de los cuerpos celestes y pensaba sobre ellos, pero sin olvidarse de la Historia y la Geografía.<br />
Había dispuesto su jardín de manera que reprodujese el mapa de Dinamarca. Estaban allí las plantas y las flores tal como aparecen distribuidas en las diferentes regiones del país.<br />
-Tráeme guisantes -decía, y uno iba al bancal que representaba Lolland-. Tráeme alforfón.<br />
Y el interpelado iba a Langeland. La hermosa genciana azul y el romero se encontraban en Skagen, y la brillante oxiacanta, en Silkeborg. Las ciudades estaban señaladas con pedestales. Ahí estaba San Canuto con el dragón, indicando Odense; Absalón con el báculo episcopal indicaba Söro; el barquito con los remos significaba que en aquel lugar se levantaba la ciudad de Aarhus. En el jardín del maestro se aprendía muy bien el mapa de Dinamarca, pero antes había que escuchar sus explicaciones, y ésta era lo mejor de todo.<br />
Estaban esperando el cometa, y el buen señor les habló de él y de lo que la gente había dicho y pensado sobre el astro muchos años antes, cuando había aparecido por última vez.<br />
-El año del cometa es año de buen vino -dijo-. Se puede diluir con agua sin que se note. Los bodegueros deben esperar con agrado los años del cometa.<br />
Por espacio de dos semanas enteras el cielo estuvo nublado, y, a pesar de que el meteoro brillaba en el firmamento, no podía verse.<br />
El anciano maestro estaba en su pequeña vivienda contigua a la escuela. El reloj de Bornholm, heredado de sus padres, estaba en un rincón, pero las pesas de plomo no subían ni bajaban, ni el péndulo se movía; el cuclillo, que antaño salía a anunciar las horas, llevaba ya varios años encerrado, silencioso, en su casita. Todo en la habitación permanecía callado y mudo; el reloj no andaba. Mas el viejo piano, también del tiempo de los padres, tenía aún vida; las cuerdas aunque algo roncas podían tocar las melodías de toda una generación. El viejo recordaba muchas cosas, alegres y tristes, sucedidas durante todos aquellos años, desde que, siendo niño, viera el cometa, hasta su actual reaparición. Recordaba lo que su madre había dicho acerca de la viruta de la vela, y recordaba también las hermosas pompas de jabón, cada una de los cuales era un año -había dicho la mujer-, y ¡qué brillantes y ricas de colores! Todo lo bello y lo agradable se reflejaba en ellas: juegos de infancia e ilusiones de juventud, todo el vasto mundo desplegado a la luz del sol, aquel mundo que él quería recorrer. Eran burbujas del futuro. Ya viejo, arrancaba de las cuerdas del piano melodías del tiempo pasado: burbujas de la memoria, con las irisaciones del recuerdo. La canción de su madre mientras hacía calceta, el arrullo de la niñera&#8230;<br />
Ora sonaban melodías del primer baile, un minueto y una polca, ora notas suaves y melancólicas que hacían asomar las lágrimas a los ojos del anciano. Ya era una marcha guerrera, ya un cántico religioso, ya alegres acordes, burbuja tras burbuja, como las que de niño soplara en el agua jabonosa.<br />
Tenía fija la mirada en la ventana; por el cielo desfilaba una nube, y de pronto vio el cometa en el espacio sereno, con su brillante núcleo y su cabellera.<br />
Le pareció que lo había visto la víspera, y, sin embargo, mediaba toda una larga vida entre aquellos días y los presentes. Entonces era un niño, y las pompas le decían: «¡Adelante!». Hoy todo le decía: «¡Atrás!». Sintió revivir los pensamientos y la fe de su infancia, sus ojos brillaron, y su mano se posó sobre las teclas; el piano emitió un sonido como si saltara una cuerda.<br />
-¡Vengan a ver el cometa! -gritaban los vecinos-. El cielo está clarísimo. ¡Vengan a verlo!<br />
El anciano maestro no contestó; había partido para verlo mejor; su alma seguía una órbita mayor, en unos espacios más vastos que los que recorre el cometa. Y otra vez lo verán desde el rico palacio y desde la pobre buhardilla, desde el bullicio de la calle y desde el erial que cruza el viajero solitario. Su alma fue vista por Dios v por los seres queridos que lo habían precedido en la tumba y con los que él ansiaba volver a reunirse</p>
<p><strong>Hans Christian Andersen &#8211; Dinamarca</strong></p>
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		<title>El príncipe rana</title>
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		<pubDate>Mon, 04 Oct 2010 21:34:33 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Macarena</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Hace muchos, muchos años vivía una princesa a quien le encantaban los objetos de oro. Su juguete preferido era una bolita de oro macizo. En los días calurosos, le gustaba sentarse junto a un viejo pozo para jugar con la bolita de oro. Cierto día, la bolita se le cayó en el pozo. Tan profundo [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Hace muchos, muchos años vivía una princesa a quien le encantaban los objetos de oro. Su juguete preferido era una bolita de oro macizo. En los días calurosos, le gustaba sentarse junto a un viejo pozo para jugar con la bolita de oro. Cierto día, la bolita se le cayó en el pozo. Tan profundo era éste que la princesa no alcanzaba a ver el fondo.<br />
-¡Ay, qué tristeza! La he perdido -se lamentó la princesa, y comenzó a llorar.<br />
De repente, la princesa escuchó una voz.<br />
-¿Qué te pasa, hermosa princesa? ¿Por qué lloras?<br />
La princesa miró por todas partes, pero no vio a nadie.<br />
-Aquí abajo -dijo la voz.<br />
La princesa miró hacia abajo y vio una rana que salía del agua.<br />
-Ah, ranita -dijo la princesa-. Si te interesa saberlo, estoy triste porque mi bolita de oro cayó en el pozo.<br />
-Yo la podría sacar -dijo la rana-. Pero tendrías que darme algo a cambio.<br />
La princesa sugirió lo siguiente:<br />
-¿Qué te parecen mi perlas y mis joyas? O quizás mi corona de oro.<br />
-¿Y qué puedo hacer yo con una corona? -dijo la rana-. Pero te ayudaré a encontrar la bolita si me prometes ser mi mejor amiga.<br />
-Iría a cenar a tu castillo, y me quedaría a pasar la noche de vez en cuando -propuso la rana.<br />
Aunque la princesa pensaba que aquello eran tonterías de la rana, accedió a ser su mejor amiga.<br />
Enseguida, la rana se metió en el pozo y al poco tiempo salió con la bolita de oro en la boca.<br />
La rana dejó la bolita de oro a los pies de la princesa. Ella la recogió rápidamente y, sin siquiera darle las gracias, se fue corriendo al castillo.<br />
-¡Espera! -le dijo la rana-. ¡No puedo correr tan rápido!<br />
Pero la princesa no le prestó atención.<br />
La princesa se olvidó por completo de la rana. Al día siguiente, cuando estaba cenando con la familia real, escuchó un sonido bastante extraño en las escaleras de mármol del palacio.<br />
Luego, escuchó una voz que dijo:<br />
-Princesa, abre la puerta.<br />
Llena de curiosidad, la princesa se levantó a abrir. Sin embargo, al ver a la rana toda mojada, le cerró la puerta en las narices. El rey comprendió que algo extraño estaba ocurriendo y preguntó:<br />
-¿Algún gigante vino a buscarte?<br />
-Es sólo una rana -contestó ella.<br />
-¿Y qué quiere esa rana? -preguntó el rey.<br />
Mientras la princesa le explicaba todo a su padre, la rana seguía golpeando la puerta.<br />
-Déjame entrar, princesa -suplicó la rana-. ¿Ya no recuerdas lo que me prometiste en el pozo?<br />
Entonces le dijo el rey:<br />
-Hija, si hiciste una promesa, debes cumplirla. Déjala entrar.<br />
A regañadientes, la princesa abrió la puerta. La rana la siguió hasta la mesa y pidió:<br />
-Súbeme a la silla, junto a ti.<br />
-Pero, ¿qué te has creído?<br />
En ese momento, el rey miró con severidad a su hija y ella tuvo que acceder. Como la silla no era lo suficientemente alta, la rana le pidió a la princesa que la subiera a la mesa. Una vez allí, la rana dijo:<br />
-Acércame tu plato, para comer contigo.<br />
La princesa le acercó el plato a la rana, pero a ella se le quitó por completo el apetito. Una vez que la rana se sintió satisfecha dijo:<br />
-Estoy cansada. Llévame a dormir a tu habitación.<br />
La idea de compartir su habitación con aquella rana le resultaba tan desagradable a la princesa que se echó a llorar. Entonces, el rey le dijo:<br />
-Llévala a tu habitación. No está bien darle la espalda a alguien que te prestó su ayuda en un momento de necesidad.<br />
Sin otra alternativa, la princesa procedió a recoger la rana lentamente, sólo con dos dedos. Cuando llegó a su habitación, la puso en un rincón. Al poco tiempo, la rana saltó hasta el lado de la cama.<br />
-Yo también estoy cansada -dijo la rana-. Súbeme a la cama o se lo diré a tu padre.<br />
La princesa no tuvo más remedio que subir a la rana a la cama y acomodarla en las mullidas almohadas.<br />
Cuando la princesa se metió en la cama, comprobó sorprendida que la rana sollozaba en silencio.<br />
-¿Qué te pasa ahora? -preguntó.<br />
-Yo simplemente deseaba que fueras mi amiga -contestó la rana-. Pero es obvio que tú nada quieres saber de mi. Creo que lo mejor será que regrese al pozo.<br />
Estas palabras ablandaron el corazón de la princesa. La princesa se sentó en la cama y le dijo a la rana en un tono dulce:<br />
-No llores. Seré tu amiga.<br />
Para demostrarle que era sincera, la princesa le dio un beso de buenas noches.<br />
¡De inmediato, la rana se convirtió en un apuesto príncipe! La princesa estaba tan sorprendida como complacida.<br />
La princesa y el príncipe iniciaron una hermosa amistad y al cabo de algunos años, se casaron y fueron muy felices para siempre.</p>
<p><strong>Hermanos Wilhelm y Jacob Grimm &#8211; Alemania</strong></p>
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		<title>La pulga y el profesor</title>
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		<pubDate>Mon, 04 Oct 2010 21:25:19 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Macarena</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Erase una vez un aeronauta que terminó malamente. Estalló su globo, cayó el hombre y se hizo pedazos. Dos minutos antes había enviado a su ayudante a tierra en paracaídas; fue una suerte para el ayudante, pues no sólo salió indemne de la aventura, sino que además se encontró en posesión de valiosos conocimientos sobre [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Erase una vez un aeronauta que terminó malamente. Estalló su globo, cayó el hombre y se hizo pedazos. Dos minutos antes había enviado a su ayudante a tierra en paracaídas; fue una suerte para el ayudante, pues no sólo salió indemne de la aventura, sino que además se encontró en posesión de valiosos conocimientos sobre aeronáutica; pero no tenía globo, ni medios para procurarse uno.<br />
Como de un modo u otro tenía que vivir, acudió a la prestidigitación y artes similares; aprendió a hablar con el estómago y lo llamaron ventrílocuo. Era joven y de buena presencia, y bien vestido siempre y con bigote, podía pasar por hijo de un conde. Las damas lo encontraban guapo, y una muchacha se prendó de tal modo de su belleza y habilidad, que lo seguía a todas las ciudades y países del extranjero; allí él se atribuía el título de «profesor»; era lo menos que podía ser.<br />
Su idea fija era procurarse un globo y subir al espacio acompañado de su mujer, pero les faltaban los recursos necesarios.<br />
- Ya Llegarán &#8211; decía él.<br />
- ¡Ojalá! &#8211; respondía ella.<br />
- Somos jóvenes, y yo he llegado ya a profesor. ¡Las migas también son pan!<br />
Ella le ayudaba abnegadamente vendiendo entradas en la puerta, lo cual no dejaba de ser pesado en invierno, y le ayudaba también en sus trucos. El prestidigitador introducía a su mujer en el cajón de la mesa, uno muy grande; desde allí, ella se escurría a una caja situada detrás, y ya no aparecía cuando se volvía a abrir el cajón. Era lo que se llama una ilusión óptica.<br />
Pero una noche, al abrir él el cajón, la mujer no estaba ni allí ni en la caja; no se veía ni oía en toda la sala. Aquello era un truco de la joven, la cual ya no volvió, pues estaba harta de aquella vida. Él se hartó también, perdió su buen humor, con lo que el público se aburría y dejó de acudir. Los negocios se volvieron magros, y la indumentaria, también; al fin no le quedó más que una gruesa pulga, herencia de su mujer; por eso la quería. La adiestró, enseñándole varios ejercicios, entre ellos el de presentar armas y disparar un cañón; claro que un cañón pequeño.<br />
El profesor estaba orgulloso de su pulga, y ésta lo estaba de sí misma. Había aprendido algunas cosas, llevaba sangre humana y había estado en grandes ciudades, donde fue vista y aplaudida por príncipes y princesas. Aparecía en periódicos y carteles, sabía que era famosa y capaz de alimentar, no ya a un profesor, sino a toda una familia.<br />
A pesar de su orgullo y su fama, cuando viajaban ella y el profesor, lo hacían en cuarta clase; la velocidad era la misma que en primera. Existía entre ellos un compromiso tácito de no separarse nunca ni casarse: la pulga se quedaría soltera, y el profesor, viudo. Viene a ser lo mismo.<br />
- Nunca debe volverse allí donde se encontró la máxima felicidad &#8211; decía el profesor. Era un psicólogo, y también esto es una ciencia.<br />
Al fin recorrieron todos los países, excepto los salvajes. En ellos se comían a los cristianos, bien lo sabía el profesor; pero no siendo él cristiano de pura cepa, ni la pulga un ser humano acabado, pensó que no había gran peligro en visitarlos y a lo mejor obtendrían pingües beneficios.<br />
Efectuaron el viaje en barco de vapor y de vela; la pulga exhibió sus habilidades, y de este modo tuvieron el pasaje gratis hasta la tierra de salvajes.<br />
Gobernaba allí una princesa de sólo 18 años; usurpaba el trono que correspondía a su padre y a su madre, pues tenía voluntad y era tan agradable como mal criada.<br />
No bien la pulga hubo presentado armas y disparado el cañón, la princesa quedó tan prendada de ella que exclamó:<br />
- ¡Ella o nadie!<br />
Se había enamorado salvajemente, además de lo salvaje que ya era de suyo.<br />
- Mi dulce y razonable hijita &#8211; le dijo su padre -. ¡Si al menos se pudiese hacer de ella un hombre!<br />
- Eso déjalo de mi cuenta, viejo &#8211; replicó la princesa. Lo cual no es manera de hablar sobretodo en labios de una princesa; pero no olvidemos que era salvaje.<br />
Puso la pulga en su manita.<br />
- Ahora eres un hombre; vas a reinar conmigo. Pero deberás hacer lo que yo quiera; de lo contrario, te mataré y me comeré al profesor.<br />
A éste le asignaron por vivienda un espacioso salón, cuyas paredes eran de caña de azúcar; podía lamerlas, si quería, pero no era goloso. Diéronle también una hamaca para dormir, y en ella le parecía encontrarse en un globo aerostático, cosa que siempre había deseado y que era su idea fija.<br />
La pulga se quedó con la princesa, ya en su mano, ya en su lindo cuello. El profesor arrancó un cabello a la princesa y lo ató por un cabo a la pata de la pulga, y por el otro, a un pedazo de coral que la dama llevaba en el lóbulo de la oreja.<br />
«¡Qué bien lo pasamos todos, incluso la pulga!», pensaba el profesor. Pero no se sentía del todo satisfecho; era un viajero innato, y gustaba ir de ciudad en ciudad y leer en los periódicos elogios sobre su tenacidad e inteligencia, pues había enseñado a una pulga a conducirse como una persona. Se pasaba los días en la hamaca ganduleando y comiendo. Y no creáis que comía cualquier cosa: huevos frescos, ojos de elefante y piernas de jirafa asadas. Es un error pensar que los caníbales sólo viven de carne humana; ésta es sólo una golosina.<br />
- Espalda de niño con salsa picante es un plato exquisito &#8211; decía la madre de la princesa.<br />
El profesor se aburría. Sentía ganas de marcharse del país de los salvajes, pero no podía hacerlo sin llevarse la pulga: era su maravilla y su sustento. ¿Cómo cogerla? Ahí estaba la cosa.<br />
El hombre venga darle vueltas y más vueltas a la cabeza, hasta que, al fin, dijo:<br />
- ¡Ya lo tengo!<br />
- Padre de la princesa, permitidme que haga algo. ¿Queréis que enseñe a los habitantes a presentar armas? A esto lo llaman cultura en los grandes países del mundo.<br />
- ¿Y a mí qué puedes enseñarme? &#8211; preguntó el padre.<br />
- Mi mayor habilidad &#8211; respondió el profesor -. Disparar un cañón de modo que tiemble toda la tierra, y las aves más apetitosas del cielo caigan asadas. La detonación es de gran efecto, además.<br />
- ¡Venga el cañón! &#8211; dijo el padre de la princesa.<br />
Pero en todo el país no había más cañón que el que había traído consigo el profesor, y éste resultaba demasiado pequeño.<br />
- Fundiré otro mayor &#8211; dijo el profesor -. Proporcionadme los medios necesarios. Me hace falta tela de seda fina, aguja e hilo, cuerdas, cordones y gotas estomacales para globos que se hinchan y elevan; ellas producen el estampido en el estómago del cañón.<br />
Le facilitaron cuanto pedía.<br />
Todo el pueblo acudió a ver el gran cañón. El profesor no lo había convocado hasta que tuvo el globo dispuesto para ser hinchado y emprender la ascensión.<br />
La pulga contemplaba el espectáculo desde la mano de la princesa. El globo se hinchó, tanto, que sólo con gran dificultad podía ser sujetado; estaba hecho un salvaje.<br />
- Tengo que subir para enfriarlo &#8211; dijo el profesor, sentándose en la barquilla que colgaba del globo -. Pero yo solo no puedo dirigirlo; necesito un ayudante entendido, y de cuantos hay aquí, sólo la pulga puede hacerlo.<br />
- Se lo permito, aunque a regañadientes &#8211; dijo la princesa, pasando al profesor la pulga que tenía en la mano.<br />
- ¡Soltad las amarras! &#8211; gritó él -. ¡Ya sube el globo! Los presentes entendieron que decía: &#8211; ¡Cañón!<br />
El aerostato se fue elevando hacia las nubes, alejándose del país de los salvajes.<br />
La princesita, con su padre y su madre y todo el pueblo, quedaron esperando. Y todavía siguen esperando, y si no lo crees, vete al país de los salvajes, donde todo el mundo habla de la pulga y el profesor, convencidos de que volverán en cuanto el cañón se enfríe. Pero lo cierto es que no volverán nunca, pues están entre nosotros, en su tierra, y viajan en primera clase, no ya en cuarta. El globo ha resultado un buen negocio. Nadie les pregunta de dónde lo sacaron; son gente rica y honorable la pulga y el profesor.</p>
<p><strong>Hans Christian Andersen &#8211; Dinamarca</strong></p>
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